Plaça de Sant Pere

Tota aquella estona la gossa havia estat asseguda entre nosaltres, deixant-se tocar

Arxivat a: Conte, Estudi

Foto: Xavier Caballé


La gossa es mirava fixament una gavina que hi havia damunt d’un fanal de la plaça. Pues sí, es muy simpática, siempre saluda a todo el mundo, ens havia dit de seguida aquella dona. Tornàvem de la Barceloneta. Miràvem un aparador i se’ns havia acostat la gossa. Sempre hem connectat més amb els animals que amb les persones. De seguida li vam fer cas i ens voltava per les cames amunt i avall. Estamos solicas, pero bueno, qué le vamos a hacer, solicas las dos. Me la trajeron un tres de diciembre, sí, un domingo era. Así, así de chiquitica. Me cabía en la palma de la mano. Bueno, tanto no, qué exagerada soy. Pero con una sola mano la podías sujetar.
 
Era una gossa d’una raça de caçadors, blanca amb taques marró, taques grans rodejades de taques petites i petitíssimes que s’allargaven per tot el pèl fins que desapareixien, el nas rosat i els ulls marrons, vius, llestos i sobretot tristos. Y yo, pues claro, le traje un biberón para darle la leche y ella dijo que el biberón para mí y no quería chupar y entonces me mojaba el dedo en la leche y se lo acercaba al hocico y ahí sí, eh, ahí sí quisiste la leche. Anda que no sabe. Un cinco de diciembre, un lunes, hace cinco años. Y a mi marido le cabía en la palma de la mano. Vivíamos en el campo, en una casa de campo, con su huerto y sus cosas, y mi marido la dejaba que corriera por donde quisiera.
 
Era una dona d’uns setanta anys. Anava tota de negre amb una samarreta de màniga curta, uns pantalons de xandall i la corretja penjada al braç. Portava ulleres i unes arracades molt petites. Res del que duia no semblava gaire nou, però semblava d’aquelles dones que ho tracten tot amb cura, amb cura de museu, tot era vell però net, net i polit. Y ella corría que se las pelaba todo el día detrás de cualquier animalico que hubiera por allí. Oye, y así era feliz. Corriendo y siguiendo al jefe por todas partes siempre. Ella, su sombra. ¿Verdad, que eras su sombra? Tenia les dents grogues i suposo que algunes les tenia corcades, però no va parar de somriure. Un somriure sincer. Quan me’n vaig adonar em va saber greu i també vaig somriure, no per compromís, sinó per si podia servir d’alguna cosa.
 
Y entonces dijimos que íbamos a venir a Barcelona porque teníamos un piso aquí y una ya es mayor para estar en el campo que si pasa cualquier cosa, a correr, y no estábamos ya para esos trotes. Y yo le dije a mi marido pues me voy yo unos días y lo limpio y lo arreglo todo y ya luego te vienes tú. Y así hicimos, hija mía, así hicimos. Quan va dir hija mía em va agafar per l’espatlla. De prop, li vaig veure moltes arrugues i taques a la pell i això també em va saber greu. Así que yo me vine con el coche de línea y estuve limpiando y llené la nevera para cuando llegara él y preparé las camas y compré unos tapetes y unas cortinas y lo dejé todo como los chorros del oro. Hasta que me llamaron. Porque entonces me llamaron del pueblo y me dijeron que mi marido llevaba tres días muerto y esos tres días ella estuvo con él. En el moment que va dir que li havien trucat em va treure la mà de l’espatlla. Tres días. Con él. En el comedor. Por eso llora. Porqué ella era su sombra y estuvo con él todo ese tiempo. Y ahora, pues, solicas las dos. A mí me dejaron aquí y ya no he vuelto al pueblo. Qué le vamos a hacer. Pero estamos bien, nosotras estamos bien. Es muy simpática, siempre saluda a todo el mundo, aunque esté triste. Y hay días que no come, que no quiere comer porque, claro, él no está y ella lo sabe, lo sabe muy bien. Y yo ¿qué le voy a decir? Si hay muchos días que tampoco me apetece a mí comer…
 
Tota aquella estona la gossa havia estat asseguda entre nosaltres, deixant-se tocar, escoltant atentament, amb els ulls clavats a la dona com donant fe de tota aquella història fins que la gavina que li havia cridat l’atenció va xisclar d’aquella manera insuportable com xisclen les gavines i va anar fins a un arbre. La dona em va agafar pel braç. Míralas: desconfiadas, desafiantes, ruidosas. Es ese ruido, escucha. Ese ruido que hacen, ese chillido, que cuando chillan parece que se ríen de las desgracias de uno. 


Escolteu el relat «Plaça de Sant Pere» en la veu de Clàudia Carreras: 

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